Las olas blancas del mantel, una a una, se suceden a la vista. Blanca también la pared se detiene cuando detiene la mirada. Una tarde cualquiera, el sol entraba perpendicular y la ventana no oponía resistencia, ni al viento, ni al sonido. Transeúntes afanadas cruzaban la calle de enfrente. Mientras las hojas en las ramas del Alcaparro se quedaban quietas. El sofá reposaba como lo hacen en las criptas los muertos. Cuerpos blancos suspendían el tráfico del pensamiento. Se deslizaban una ola sobre la otra invocando la quietud de las cosas.