Cuantas veces numerosos cantos como halcones surcaban la tarde. Era poco el tiempo que quedaba en la rivera de una noche apagada y solitaria, de un día cálido y tranquilo. Tantas eran las alas de aves migratorias, tanto el ruido, que rugía el peso de sus cuerpos ola a ola de sonido. Los cantos derribaban muros en aquel entonces, para luego callar, como levando anclas, los barcos prontos a arribar a su destino.