Ahora solo transita el viento

Por las ventanas
apagadas
se asoman ojos
callados,
barcos a la deriva
de su insomnio
y sus nostalgias.

Pobre humanidad
tan en el centro de sí misma
que se riega para adentro,
y no escatima en batir
sus carcajadas
sus claras,
limpias, transparentes
carcajadas
sus cínicas,
lúgubres, crujientes
carcajadas.

Hilillos finos,
como de oro y de cristal,
cientos de miles de hilos
atan sus extremidades
al dorso de las paredes,
en casas
llenas de mañanas
inmóviles.

Las calles vacías,
donde la brisa blanca
se regodea,
murmuran el fin
de este tiempo
negro, breve,
que se corroe
se oxida
y se aniquila
con el paso de los días;
este tiempo sin colores
donde solo los pájaros
brillan,
las nubes alimentan
los páramos,
y el agua corre tranquila.

La luz florece afuera,
en la ribera
de la humanidad
que se apaga
que se duerme
en contra de su voluntad,
en contra del deseo
que hierve
y quema,
que duele
hiede y acecha.

Nace siempre nuevo
el sol en el horizonte
abierto y presente,
se extiende
en mil hojas
al filo del abismo
sin abismo,
al filo de un vuelo
de alas caídas
aterriza
en este tiempo
truncado,
en este tiempo
frágil
de manos
puntiagudas
que se rompe
como la cáscara
de un huevo
fresco
puesto de afán
por el ave de la vida.

Las cosas que venían
se vinieron a destiempo
por todo esto que ocurre
fuera de las murallas,
fuera de lo que fuera
para nosotras la escena.

Un escenario nos mira
y hace lugar al vacío,
los mecanismos
invisibles
que mueven
las extremidades
de sus marionetas
están cansados
de operar
sin titiritero.

Pasa el temporal
que nos arrastra,
y se acumula
en las bermas,
en los caminos
que no transitamos,
que transitaba
el miedo
y ahora solo transita
el viento.

Pobre humanidad
de ventanas apagadas
y puertas
quebradizas,
atrapada
en los musgos
de su soledad
de millones de millones
de almas
de millones de millones
de cuerpos
interconectados.
Si la ruina abre
una grieta
por la que respira
fresco el aliento
del planeta,
puede que la historia
se tuerza
para siempre,
puede que las nubes
se asomen más cerca
y los picos
de los Andes
se eleven
hacia abajo
como antaño
en la roca de fuego.

Un caldero
antiguo nos espera
para forjar de nuevo
esa pobre humanidad,
si es que se atreve
a someter
a la sentencia
de la llama
lo que queda de ella,
lo que queda
de lo que queda,
sus restos.

Lápidas húmedas
donde crecen
hierbas esbeltas
cantan salmos
sagrados, invocan
a la vida que nace
en toda muerte
y a los ciclos
que rodean
los siglos
y dan luz
a las centurias.

Y parece
que la nada
flota en un caldo
primigenio,
como una sopa
del nacimiento
de las cosas.
Y que el todo
se recuesta
en el regazo
de la memoria
recogiendo
flores y raíces
pasadas,
pesadumbres
y rocíos
presentes,
letanías y liturgias
futuras.

Y parece asomarse
el final de una comedia,
trágica, cínica
cómica,
oda de infortunios
avatares y glorias
de falsos héroes
falsas modestias
y falsos profetas,
de astros
vestidos de gala
para ridículas
y grandilocuentes
escenas,
de versos
que se toman
demasiado en serio;
tretas de un coro
de mil cabezas,
mil corifeos
cantando yambos
monótonos
y abundantes
deus ex machina.

Solamente
cuenta el cuento
el día a día
en la corriente
de un arroyo
cualquiera,
lejos del ruido
de esa simiente
humana,
lejos del barullo
de mentes
inquietas
en la trampa
de sí mismas,
ensimismadas,
refugiadas
en los agujeros
estrechos
de sus cuerpos,
en lo que las noches
sucesivas
les permiten
quedarse dentro,
lo que se les cae
de la cabeza
cuando deambulan
cosidas entre ellas,
lo que se derrama
por las ventanas
para verterse
en puertas ajenas,
lo que el polvo
de los ladrillos
deja respirar,
lo que la mañana
se calla
y lo que la tarde
llora,
lo que la brisa otorga
y lo que quita
la sombra.

Abundan palabras
verticales,
sobre lechos
cansados
de recibir
en la noche
el peso tibio
de los cuerpos,
en campos de batalla
que hoy libran
guerras viejas
rebosan palabras
condenadas.
Resbaladizas
se caen de los labios
y saltan
llenas de aire,
hechas pedazos
entre cañones
y granadas.
Aquel ruido blanco,
mar de todos
los barcos encallados,
sepulturero de palabras
caídas en combate,
deja a su paso
sin habla
sin coraza
y sin armas;
las bocas entre tanto
se desbordan de tierra
y hunden
sus raíces
en plantas de pies
quebrados
entre guerras.

Tiembla
la línea tenue
del horizonte,
dibuja una curva
inédita
que esquiva
los ojos
y solo es vista
por lo que callan
las piedras.
Silueta
planetaria
antiquísima
silueta
planetaria,
cuesta arriba
se encuentra
el filo
de la pendiente
que desciende
a los infiernos
que nos desciende
a los infiernos.
Cuesta arriba
no hay retorno
no
pululan
las palabras
ni se enciende
el fuego del sentido.
Cuesta arriba
la montaña
se cierra
entre cadenas
y se atan
para siempre
nudos ciegos
en la historia.
Se derrama
por las grietas
la palabrería
humanesca
hasta ceder
hasta romper
un poco
el límite
inteligible
de la aurora,
el límite
intangible
donde la luz
comienza.
Se enciende
la noche,
revés
de lámpara
señuelo
de luces
en tinieblas,
y hace
crujir el trueno
a carcajadas;
la noche
es la única
lámpara
que sabe
de cegueras.

¡Oh!
ese saber,
ese designio
divino
que arroja
a un valle
de lágrimas
donde
solo queda
danzar
para vivir
de cenizas,
aprender
el arte
del olvido
y cocer
una colcha
de retazos
para cubrir
la cama
en tiempos
de frío.

Desgarra
la noche
el aullido
de las sirenas,
su ruido
implacable
esta vez
no sabe
de encantos
de seducciones
de arrebatos,
no hay mástil
para agarrarse
no hay cuerdas
ni ardides
solo
una noche
desgarrada
como una casa
a oscuras
que se llena
de ojos,
que se rompe
como una
jarra
cayendo
de la mesita
en la sala
de la abuela.

Un parpadeo
es el día,
un vuelo efímero
que se lleva
enredado el cielo
entre las alas
para clavarse
luego
y volverse
subterráneo,
un vuelo
que sabe
cavar
su propia
tumba
para enterrarse
sin descanso,
un vuelo
como
un pozo ligero
que todo
se lo traga
como
una seda
amarga
para cubrir
los muertos,
un vuelo
que se queda
siempre sin alas,
un vuelo
como
un grito atorado
en la garganta,
como
un ladrido
del bosque
en luto
ante el deceso
constante
de la luz.

Aprieta
la soga
un poco
más
hasta
dejar
sin aire
la sombra,
se hace
invisible
en la penumbra
un brillo
transparente
y cruza
las paredes
que se tocan.
Nadie atiende
del otro
lado de la voz
porque
se pronunció
muy tarde
el nombre
del llamado
y es tenue
el canto
que le invoca.
Una vocal
larga
y abierta
se perdió
en las esquinas
de las casas
apagadas
y los ángulos
agudos
entre las paredes
cerraron el paso
de las palabras,
enmudeció
la sombra
en el ardor
más fuerte
de la llama.

Solo queda
el silencio
de la estrella mayor,
una pausa caudalosa
de la locura
que se ahuyenta
a sí misma
y se precipita
en aguijones
sin dueño
ni destino,
página blanca
a la espera
de todo trazo
de toda caricia
de todo recorrido
de la tinta
por caminos
inusitados.
Solo queda
el comienzo
que no teme
el eterno
retorno
de lo mismo,
que no teme
deshacerse
al inventarse
de nuevo,
que no teme
perderse
para siempre
si es lo que toma
recuperarse.
Solo queda
volver
a aprender
a hablar,
volver
a decir
la primera
palabra
en lengua;
una sembrada
bajo arados
no humanos,
tejida
entre astros
y mareas,
entre zarcillos
y semillas,
donde se cruzan
los vértices
de las almas
y los cuerpos
más allá
de todo artilugio
de clasificación,
de toda distinción
entre almas
y cuerpos,
una que no es
sombra
ni presagio,
que no se precia
de saberlo todo
o casi todo,
una que solo
sabe nada,
una que viene
desde lejos
y nació
antaño,
que no cesa
de crecer
como los cristales
en todas las direcciones.

Ese cierto jardín
sin jardinero,
esa explanada
verde, amarillo
reluciente,
donde
van a pastar
estrellas
cuando están
que se apagan,
ese recodo
entre colinas
inclinadas
donde
el aire
tibio
se hace
rugido
eléctrico
y se adentra
en los poros
de la pradera,
a estremecer
sus entrañas
a saborear
sus placeres,
no se queda corto
aunque es pequeño
limitado por fuera
es ilimitado por dentro;
una isla que flota
en un océano
infinito
no se pierde
si no tiene
destino,
no se ancla
si su pecho
de acero
es taimado
al fuego,
no se estrecha
si conoce
la sabiduría
del agua,
si desprende
de su movimiento
una danza
de aire,
si confía
en el discurrir
de las olas.

Es ahí
entonces
donde puede
nacer
de nuevo
la simiente,
de otra
de sus ramas,
quizás
de las raíces,
o de unas
de sus raíces,
un nacimiento
ya no de la cabeza
del padre
ya no del vientre
ultrajado
de la madre,
un nacimiento
de los pies
de piedras
y montañas,
no de la cabellera
de astros luminosos
ni de las espumas
blancas de la mar;
del caracol del celaje
de la entraña tibia
del bosque
de una diminuta
laguna intermareal
del polvo
que es cenizas
de las ruinas
de los huesos
de la penumbra
no de la luz
ni de la oscuridad.
Un nacimiento
de lo que había
ya nacido,
de lo que ya crecido
no deja de nacer,
un nacimiento
de esos
que empiezan
a la mitad,
un nacimiento
envejecido
sin muchos
adornos,
sin mucho alarde
de novedad.

Silueta
planetaria
antiquísima
silueta
planetaria,
no es tarde
para que
la aurora
nos bese
los labios
para que
se hinquen
todos los seres
sin rodillas
para que
sonrían
a la tibieza
clara del día
las hojas gruesas
y delgadas
las ramas
suspendidas
en el aire
los surcos
que abren ojos
en los troncos
las nervaduras
por las que
transita la luz
hasta volverse
tierra viva.
Una vez más
no es tarde,
como
no fue tarde
la gran invención
de los ciclos lunares
coetánea
de la danza
bacteriana
y la ópera
afortunada
del alga verdul.
No es tarde
como
no lo ha sido antes
tras incontables
holocaustos
si es posible
el aleteo liviano
de una voz
que se eleva
y canta,
así sea
por desesperanza
por gozo
por angustia
éxtasis
o desesperación,
así sea
simplemente
porque el cantar
nace del cantar
mismo,
como
nacen las aguas
de las aguas
mismas
al elevarse
en la nube
y precipitarse,
al esculpir
montañas
colosales
en su camino
al mar.
No es tarde
para que
lo pequeño
ame lo pequeño
y se haga honda
en el vacío
la expansión
infinitesimal
de la ola
de pequeñeces
entretejidas,
de vibraciones
de minúsculas
vocecillas
disonantes,
pájaros
del futuro
devoradores
de barrotes
y de jaulas.

Ahora
solo transita
el viento,
ese que es
uno y el mismo,
ese viento
que vibra
entre
los cuerpos
que llena
de aliento
las gargantas
que hace
que crezcan
las hojas
en las ramas
y se aniden
los huevos,
ese viento
que canta
que ríe
que baila
en la noche
blanca
de todos
los finales,
si es que
los finales
existen,
y si es que
hay algo
como un todo
de finales.
Ese mismo
viento
que comenzó
con el comienzo
del tiempo
y atraviesa
el puente
estrecho
entre aquí
y ahora,
no tiene
orillas,
como
no tiene
rostro
no tiene
corazón
pero puede
tener miedo.
Uno y miles
de vientos,
que son
el mismo viento,
mecen
la marea
constante
del universo,
apaciguan
el vaivén
de las olas
o las enfurecen
hasta golpear
las rocas
hasta
encenderlas
en fuego
hasta volverse
todas viento
y sentir
entonces
no solo miedo...
Ese viento
que transita
es un viento
viejo.

Cae
una semilla
alada,
navegante
aérea,
aún
se estremecen
las membranas
diminutas
que hacen
correr
la sangre
entre las venas.
Esta tarde,
única
como todas
las tardes,
nos mira
de reojo
sembrar
el pavimento
enterrar
doquiera
el hambre,
nos mira
los ojos
encallarse
entre las rejas
nos mira
arropar sueños
refundidos
y robarle
oscuridad
a la noche,
se asombra
de esa pobre
humanidad
tan llena
de palabras,
y tan vacía
de sentido.
Una semilla más
que cae,
una humanidad más
que cae
entre tantísimas
otras,
o una menos
de las pocas
que quedan;
un fantasma
un espectro
un espejo
que no refleja
nada
una mueca
del vacío
diciendo “adiós”,
un sepulcro más
para tanta muerte
desigual
que no para
de llover,
que olvidó
el arte
de la natalidad,
y no tiene
cómo abrir
la noche y el día,
porque
ya no sabe
hablarle
con voz dulce
a la que hace
guardia
en la puerta.

Pareces
solitaria,
isla poblada
de planetas,
tras el ocaso
de tu estrella
te envuelve
una tormenta
de pupilas
abiertas,
y es alerta
de naufragio
en mares
siderales
tu canto
de sirena.
Entre tanto,
lagunas
tibias
allá arriba
en el frío
del monte
colorado
son azules
porque
es azul el cielo,
y puede
que florezcan
de sus aguas
figurinas
portavoces
de antiguos
pagamentos,
y semillas
de aguas
nuevas
para sembrar
en valles
yermos.
¡Cuánta hierba
se desborda
de tu cántaro
encantado!
¡Cuántas aguas
blancas!
¡Cuánto cielo
blanco!
Cuánto aire
que te rodea
y te eleva
hasta dejarte
de lado,
¡en una de esas
piruetas
te vas a quedar
volando…!
Si no eres
solitaria,
isla poblada
de planetas,
isla nacida
de galaxias
reticulares,
polvo
ardiente
que no
quema,
eres
del primer
pulso
la primera
vuelta,
permítenos
alzar
las alas,
surcar
el viento,
que habrá
otros soles
en otros
cielos abiertos
y habrá
más islas
en las islas
de tus playas,
en las caracolas
y los charcos,
entre pastos
arenas y nevados,
en los pantanos
donde los
herbazales
dejan de crecer
y por los juncos
en las noches
se asoman
a croar
las ranas
a sus renacuajos.

Esa voz
que nos fue
dada,
no la dejes
apagar,
dánosla
de nuevo
para volar
con ella
en gargantas
de pájaro,
dánosla
otra vez
para crecerla
en el arado
enterrándola
despacio,
y que eche
raíces
hacia adentro,
hacia la oscuridad
bajo la piel,
para despegarla
de los pavimentos
que cubren
bosques
a la espera
de nacer.
Cuando
se asome
a recoger
la cosecha
el alba,
quizás
nos alcance
el último
estertor
de esa voz
que se apaga,
quizás
nos creamos
despertando
de pesadillas
siniestras,
de fangos
no humanos,
o demasiado
humanos,
quizás
habrá sido
en vano
y no hayamos
despertado
o no haya
sueño
que soñar
para así
despertarnos.

Se esconden
entre piedras
calientes
las manecillas
del reloj,
volcanes
dormidos
en el vientre
bajo
de las horas
hacen tic-toc
y arremeten
como dunas
imposibles
dibujos
imposibles
en la piel
de la madera
del cristal
del péndulo
que no cesa
de vagar,
estallan
sin dejar
rastro
al ojo sin meta
al oído
zumbante
y la lengua
sus arenas
de ceniza
forman mares
como desiertos
contenidos
por el trepidar
de las hiedras
y se alzan
barrancos
por los que
se despeñan
cuando
están tranquilas
las luciérnagas.
Piedras volcánicas
piedras negras
del corazón
del planeta
joyas del relámpago
augurios
de tormenta,
el estallido
alcanza
el cableado
del ordenador
y fluye
el cemento
que ata datos
viscosos,
las horas se recogen
en su seno
las horas se acumulan
en océanos
incandescentes,
un ligero desfase
en la transmisión
nos hizo creer
que domesticamos
el caos.

Barro
siempre barro
cálido, oscuro
llano,
donde esconde
la humedad
su sexo erguido
su placer estriado
eslabón original
de mugidos,
croas, píos
y clamos.

La eternidad,
joven aún,
enciende
luces
en el tronco
abrigado
de las espeletias.

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