Montaña adentro

Como forma del hacer, poiesis, la acción es la razón de ser de la poesía y por eso no se agota en un producto. Hay poema, poiema, no en tanto resultado de la acción, sino en tanto inscripción, una suerte de fotograma o instantánea, de la cualidad, la intensidad y la duración de experiencias colectivas [¡gracias, Cristina Rivera Garza, por insistir en la comunalidad!].

¿De quién es la voz que habla? No tiene dueñx, no es una, como las aguas distintas que bañan a quien entra en los mismos ríos (Heráclito, DK B12). La propiedad de la voz individual no es una forma adecuada de expresar quién(es) habla(n) en el poema. Tampoco la identidad es una aproximación interesante, porque la ontología es borrosa. Lo que hay es polifonía y heteroglosia.

En los sueños compartimos tiempos y espacios encantados, aprendemos a habitar entre lo que es y no es, a transitar «más allá de los caminos del día y de la noche» (Parménides, Poema, DK B1) [¡gracias, Natali Turizo, por enseñarnos a leer el proemio y a despertar durmiendo!]. El reino de los sueños está poblado de seres que hablan entre ellxs, recuerdan, aprenden, se encuentran y desencuentran. Es así como soñar puede hacerse una práctica poética, en tanto forma de acción que se teje en espacio-tiempos compartidos, en tanto ampliación del espectro de lo susceptible de experiencia. La poesía, como un hacer de la palabra, permite articular lo que nos es dado por medios oníricos. A continuación, un archivo poético de los sueños, para revisitar su atmósfera, su luz, sus enseñanzas.

La Tingua