
Manifiesto relacionario
Al Relacionario de Líquenes del Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis (JBB) de Pilar Santamaría
No hay una sola historia, hay historias en plural, y dentro de esa pluralidad de líneas históricas la jerarquía, e incluso la separación misma, entre humano y no humano es poco interesante. Nos situamos más bien en la mezcla, la hibridación, los lugares de indecidibilidad, de opacidad, de encuentro, pero también de fricción y desencuentro entre la infinidad de seres que compartimos la vida en el plantea.
Así como no hay una sola historia, no hay una sola ciencia, no hay una sola forma de conocer y de actuar según lo que se puede conocer. Nos situamos de nuevo en la mezcla, en el encuentro, en el enredo, en la maraña; los separatismos epistémicos son poco interesantes.
Dentro de las diversas ciencias posibles, nos situamos en aquellas que se hacen de forma comprometida con el florecimiento de la diversidad de la vida, y con las formas de la resistencia ante las múltiples caras de la opresión, la violencia y la aniquilación.
Así como no hay un sola ciencia, no hay un solo herbario. Nos situamos en el herbario de las relaciones, el que no pliega asimetrías, sino pluralidades epistémicas, ontológicas, estéticas y políticas.
El herbario de las relaciones no solo colecciona especímenes, sino también historias, no cuenta solo ejemplares, sino vidas entrelazadas, no registra individuos, sino relaciones. Su acción primordial no es catalogar, sino vincular.
Colectar es una de las acciones del herbario de las relaciones, colecta impresiones, efectos, huellas, testigos multimediales de la vida que se hace en común entre seres diversos. Su acción no busca la mismidad, sino la diferencia; no busca el aislamiento, sino la compañía. El cuerpo colectado se parece al cuerpo en liquenización.
El cuerpo en liquenización no es individual, sino colectivo.
Liquenizar es abrazar la vida en común a ras de superficie, es pensamiento que emerge cuando se habita la horizontalidad, ya sea la horizontalidad de la piedra, la corteza, la hoja, el suelo. Por eso, liquenizar es también horizontalizar, es resistencia ante las fuerzas de la verticalización de la vida.
Liquenizar es hacer resistencia al monólogo de la guerra. La guerra es un mecanismo de reproducción de hegemonías, de centros de poder. Liquenizar es descentrar, situar la acción en la periferia y desde abajo para hacer lugares en los que “abajo” y “periferia” no tengan ya sentido, es crecer fractal en todas las direcciones para romper la unidireccionalidad espacio-temporal del ejercicio del poder.
La liquenización no está libre de conflictos, fricciones, desencuentros, pero está orientada a lo que hace posible la vida en común y no a lo que persigue su imposibilidad, su negación.
Liquenizar es abrazar la diversidad, es hacerse simbionte, es una acción de la compañía y la juntura que hacen cuerpos múltiples, afectándose mutuamente, aprendiendo a afectar y ser afectadxs.
Liquenizar el cuerpo es reconocerlo, en efecto, capaz de juntura, es radicalizar la profunda interdependencia de todos los seres. Liquenizar el cuerpo es también hacerlo capaz de nuevas junturas.
Liquenizar es entretejer prácticas de alimentación y reproducción que celebran la diversidad de la vida y lxs vivientxs: la comida y el sexo son lugares de la resistencia liquénica.
Liquenizar es hacerle lugar a la vida en medio de la catástrofe, es la vida que nace en la mina desmantelada, es policultivo y heterogeneidad en resistencia a la homogeneidad de monocultivos y megaindustrias.