
Cuando la muerte nos camina al lado, su compañía abre preguntas y búsquedas, pone sobre la mesa las cartas de los lazos más fuertes que nos atan, esos que tanto cuanto impiden el movimiento, lo hacen posible. Entonces, es tiempo de entender el final como la otra cara del principio, y recordar la enseñanza socrática: saben vivir quienes aprenden a morir.
Tener miedo a la propia muerte no tiene sentido, porque no sabemos qué nos depara y, como en la Apología de Sócrates, no creer que sabemos lo que no sabemos es una forma de cuidado del alma [tal es el caso de creer que la muerte es un mal, ¡no podemos saberlo!]. Pero también porque lo temible habita el reino de los vivos, el vacío, el despojo, la aniquilación, el sufrimiento, la angustia, la nostalgia, la soledad, la zozobra, la enfermedad…, más aún si se proyectan en el rostro de seres amadxs. Estos poemas nacen del encuentro irreconciliable de la luz y de las sombras, de la muerte que nos vincula, pero sobre todo del amor que nos sostiene irrevocablemente.